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El pueblo que camina hacia afuera, radiografía de la migración Venezolana

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El pueblo que camina hacia afuera, radiografía de la migración Venezolana. Foto: Acción Perú
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El pueblo que camina hacia afuera, radiografía de la migración Venezolana. Migrar es inherente al homo. No es nuevo, ni antiguo: es parte de la evolución de nuestra especie desde los orígenes. Alrededor de 1.7 millones de años comenzaron a salir de África hacia Eurasia el Homo erectus y el Homo ergaster . Entre 70.000 y 60.000 años, los Homo sapiens marcharon a través de valles, bosques y ríos hasta Medio Oriente, Europa, Asia y, posteriormente, cruzaron el mar hasta Oceanía. Hacen aproximadamente 16.000 y 14.000, durante la última edad de hielo, humanos modernos cruzaron el puente de tierra de Beringia que une Asia con América.

Hoy el contexto mundial, a grosso modo, ha criminalizado al migrante: peyorativos, prejuicios, estigmas y otros relatos en occidente, América y la región amplifican tales visiones, hasta enfilarlos contra particularidades nacionales. Millones de seres humanos van de un lado a otro. Cruzan fronteras, mares, desiertos, océanos y continentes. Del fin del mundo hacia América. De África al norte de Europa. De Asia a México. Del Caribe a la diáspora. El planeta gira en un solo sentido; la humanidad, hacia todos lados. La crisis venezolana tiene tal efecto que transforma a Venezuela de país receptor a expulsor; por ello, los flujos de retorno de connacionales son inéditos en la historia, la conciencia colectiva y el imaginario.

Entre 2015 y 2024, el número de suramericanos que vivían fuera de su país de origen se duplicó, al pasar de 10.8 millones a 21.2 millones. Lo impactante es que la migración venezolana representa el 73% de este incremento total. En solo nueve años, la población venezolana en el exterior subió de 760,196 a más de 8.3 millones de personas.

Hoy, mayo 2026, las últimas estimaciones disponibles son: 6.947.649 de personas venezolanas refugiadas y migrantes en América Latina y el Caribe hasta febrero en la Plataforma R4V.info. De 8.200.000 en el Informe de Migraciones 2026 de OIM. De cercana a las 9.000.000 según el Observatorio de la Diáspora Venezolana.

El pueblo que camina hacia afuera

Los elementos, situaciones, coyunturas y condiciones que configuraron la «tormenta perfecta» que forzaron la salida masiva: En mayo de 2018, un hogar con dos salarios mínimos solo podía cubrir alimentos para dos días. La sociedad estaba arropada por una crisis sanitaria y de violencia: fue una época con un desabastecimiento crítico de insumos médicos y un aumento drástico en la mortalidad materna (65.79%) y neonatal. A esto se suma una tasa de 89 muertes violentas por cada 100,000 habitantes en 2017. Con la actividad controversial de las FAES (Fuerza de Acciones Especiales de la Policía Nacional Bolivariana)

Para los venezolanos, como grupo migratorio mayoritario, América Latina y el Caribe como destino: El panorama cambió de una migración hacia EE. UU. o Europa a una mayoritariamente intrarregional. Colombia, Perú, Chile, Brasil y Argentina se convirtieron en los principales receptores, acumulando millones de inmigrantes en menos de una década. El flujo masivo a través del Tapón del Darién, donde los venezolanos representaron el 63% de los migrantes en tránsito hacia el norte en 2025, fue el epítome. No obstante, se observa una nueva dinámica: los cambios en las políticas migratorias de EE. UU., España y los propios países suramericanos generaron variaciones en los flujos de retorno y re-emigración. La recuperación económica de Venezuela sigue siendo incierta, lo que hace que estos retornos sean, en muchos casos, forzados por la falta de regularización o el endurecimiento de políticas en los países de acogida.

Desde la década del 2016 al 2026 el fenómeno ya era un problema y las características cualitativas de la primera gran ola migratoria del siglo XXI en Venezuela, ofrecen el componente «particular» y sociopolítico específico: la emigración comenzó a crecer significativamente durante una época de altos ingresos petroleros (2003-2008). A pesar de la expansión económica, la incertidumbre sobre el futuro y la falta de oportunidades de desarrollo personal y profesional alentaron la decisión de emigrar.

La migración y el retorno

A diferencia de otras migraciones regionales, la venezolana inicial se caracterizó por ser altamente calificada. Se trata de una población con niveles educativos superiores (profesionales y postgraduados) en cuya formación el Estado venezolano invirtió, pero que terminaron transfiriendo ese capital humano a otros países.

Hasta ahora, el gobierno venezolano no reconoce la dimensión y vastedad de la emigración como un problema, lo que ha impedido el diseño de políticas públicas para gestionar el retorno o mantener el vínculo con la diáspora. La migración y el retorno no procesos repentinos, sino una erosión de años. Paradójico, contradictorio. ¿Cómo un país rico empezó a expulsar a su gente más capacitada debido a la inseguridad y la polarización, mucho antes de que la crisis económica fuera total?

El colapso de los precios del petróleo en 1983, la crisis económica derivada y el punto de inflexión representado en el «Viernes Negro» marcaron el comienzo del declive de la bonanza económica, lo que provocaría un cambio gradual en las dinámicas migratorias venezolanas El viernes 18 de febrero de 1983, durante la presidencia de Luis Herrera Campins, el gobierno suspendió la venta de dólares estadounidenses y estableció un sistema de control de cambio. Es el inicio de un periodo de incertidumbre, con sucesivas devaluaciones y pérdida de confianza en el modelo económico del país, los partidos y la dirigencia política.

A partir de los años 80 y especialmente acelerado durante la Revolución Bolivariana (desde finales de los 90), Venezuela experimenta la emigración de profesionales calificados, atraídos por mejores oportunidades en el extranjero, que se alejan de la creciente incertidumbre económica, rechazan el nuevo modelo político y resisten al modelo cultural.

Simultáneamente, los inmigrantes que llegaron en los años 50, 60 y 70 retornan a sus países de origen. Especialmente los migrantes económicos y laborales que habían llegado en épocas de bonanza, así como otros que huyeron de dictaduras y tiranías en Suramérica y Europa.

El retorno no siempre es un acto de «vuelta a la patria»

El retorno no siempre es un acto de «vuelta a la patria» por mejora de condiciones, sino a menudo un resultado de las barreras políticas en el extranjero (EE. UU., Chile, México, Argentina), lo que plantea un desafío: ¿Cómo reintegrar a una población que regresa a un país cuya recuperación aún es incierta? El desplazamiento de aproximadamente 9 millones de venezolanos por el mundo (según el Observatorio de la Diáspora Venezolana) , que incluye a 6.906.690 de la Plataforma R4V entre EE.UU., México, América Latina y el Caribe refleja no solo un reto estadístico, sino la dificultad de mapear una población que se ha vuelto fluida y que desborda las categorías estatales de refugiado o migrante económico. No se trata solo de un movimiento de cuerpos, sino de una reconfiguración de la geografía de los afectos y las estructuras familiares.

La migración ha modificado la pirámide demográfica y ha transformado los paisajes urbanos y agrícolas en espacios de ausencia. En términos antropológicos, estamos ante una desterritorialización de la cultura venezolana, donde las prácticas y representaciones de lo «nacional» ahora se negocian en las calles de Bogotá, Lima, Quito, Santiago o Madrid.

Para comprender la complejidad del retorno migratorio en Venezuela, es imperativo alejarse de la visión reduccionista del migrante como un sujeto que simplemente desanda un camino. Desde la perspectiva de la antropología interpretativa de Clifford Geertz (1973), la cultura es una «trama de significación» que el hombre mismo ha tejido.

«Se va una persona y regresa otra»

En este sentido, el retorno no es un vector contrapuesto a la salida, sino una resignificación del espacio y del yo. Como indica el texto base, «se va una persona y regresa otra»; el sujeto que retorna no vuelve al punto de partida, pues tanto él como su red de significados han sido transformados por la experiencia del desplazamiento.

Históricamente, Venezuela ha experimentado un giro ontológico en su dinámica poblacional. La investigación se inscribe en la necesidad de abordar el retorno desde una descripción densa (Geertz, 1973), que permita desentrañar las subjetividades y las negociaciones de identidad. El retorno actual en Venezuela se manifiesta en cifras que, hasta el 27 de abril, reportan 23,000 retornados y deportados en 138 vuelos, además de un flujo constante por vías terrestres.

Sin embargo, el abordaje de Hernández Sampieri y col. (2014) nos impele a mirar más allá de los datos estadísticos para explorar la esencia del fenómeno cualitativo. James Clifford (1997), en su análisis sobre las culturas de viaje y el desplazamiento, sugiere que las identidades contemporáneas no son estáticas, sino que se construyen «en tránsito».

El retornado venezolano encarna lo que Clifford denomina el «predicamento de la cultura»: la tensión entre las raíces y las rutas. El problema de investigación surge al interrogarse cómo estos sujetos reconstruyen su sentido de pertenencia en un contexto de crisis que ellos mismos contribuyeron a configurar y que ahora deben habitar.

Crisis humanitaria compleja

Desde mediados de la década de 2010, el país se sumergió en una crisis humanitaria compleja. Desde la antropología, este proceso puede interpretarse como un estado de liminalidad permanente, donde las instituciones y los servicios públicos han colapsado, y la «normalidad» se ha disuelto en una hiperinflación y escasez sistémica.

Esta crisis ha forzado flujos migratorios que Clifford categorizaría como desplazamientos de frontera, donde el migrante no busca solo una mejora económica, sino la preservación de la vida ante la violencia institucional y la erosión de los derechos humanos. El retorno migratorio en este contexto no puede entenderse como una simple vuelta al «punto de partida».

El retorno es siempre una nueva partida hacia un lugar que ya no existe como se le recuerda. El fenómeno de retorno en Venezuela está marcado por la precariedad y la alteridad experimentadas en el exterior (xenofobia y barreras legales), lo que convierte al regreso en una «repatriación forzada» por las circunstancias.

Desde el discurso oficial nacional, el Estado ha intentado reapropiarse de este movimiento a través de la Gran Misión Vuelta a la Patria. Aquí observamos una operación de poder, la manipulación de los sistemas de símbolos. El migrante ha sido objeto de una narrativa ambivalente: calificado despectivamente como «limpiador de pocetas» en 2018 y transformado en «bomba biológica» durante la pandemia de COVID-19 (2020-2023). Esta estigmatización biopolítica muestra cómo el cuerpo del migrante se convierte en el territorio donde el Estado ejerce su soberanía y redefine quién pertenece y quién es una amenaza para el cuerpo social.

Negociación cultural

El estudio de este retorno exige alejarse de visiones simplistas. Siguiendo a Massey y Portes, los antecedentes aquí expuestos muestran que el retorno es una arista de un fenómeno expansivo y culturalmente disruptivo. La investigación se propone, por tanto, analizar el retorno no como un cierre de ciclo, sino como un proceso de negociación cultural en una Venezuela donde el tejido social ha sido rasgado.

El migrante que vuelve trae consigo un capital simbólico y unas «rutas» que difieren de la realidad de un país en crisis. La tesis buscará analizar, mediante la observación participante y el análisis de los discursos, cómo estos sujetos reconstruyen su sentido de pertenencia en un entorno que, aunque familiar en sus «raíces», se ha vuelto extraño en sus dinámicas de poder y supervivencia.

Pese a las diferencias discursivas, las administraciones estadounidenses, demócratas o republicanas, han optado por mantener una dura política migratoria en la práctica. Para el año fiscal 2024 (octubre 2023 a septiembre 2024), la administración Biden deportó 271,484 personas. Superó así cualquier cifra de la primera administración Trump, cuyo máximo fue de 267,258 en 2019. Incluso está última cifra resultó ser menor a las registradas en la mayoría de los años de la presidencia de Obama. Donald Trump, durante su primer mandato (2017-2021), ya mantenía una retórica agresiva contra la migración irregular. Sin embargo, para muchos especialistas, su retorno a la Casa Blanca en enero pasado estuvo acompañado de la promesa de una agenda mucho más rígida.

A los pocos días de volver al Despacho Oval, el republicano firmó una serie de órdenes ejecutivas y giró orientaciones para que la maquinaria burocrática a su mando comenzará a materializar sus promesas en ese asunto.

Antecedentes y Migración

Tan solo en la primera semana de su segundo mandato, Trump anunció el despliegue de militares en la frontera con México. Mientras, el Departamento de Defensa informó que facilitaría aeronaves para la deportación de inmigrantes. También se detuvo el procesamiento de migrantes y de solicitantes de asilo y se ordenó el fin del programa Parole Humanitario, que permitió el ingreso regular y temporal a más de medio millón de cubanos, venezolanos, haitianos y nicaragüenses. Además, se ampliaron las potestades del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus iniciales en inglés) para realizar arrestos de residentes irregulares.

En sintonía con lo anterior, funcionarios estadounidenses de alto rango, como el secretario de Estado Marco Rubio, realizaron sus primeros viajes internacionales hacia la región. Así, sugirieron que frenar la inmigración irregular hacia EEUU es una de las prioridades de la actual administración. De esta gira, Rubio obtuvo el compromiso de Panamá y Guatemala de aceptar deportados extranjeros provenientes de EEUU.

En forma similar, firmó con El Salvador un acuerdo por el cual el país centroamericano se comprometió a recibir deportados a cambio de 20,000 dólares anuales por cada uno de ellos. Por su parte, Costa Rica ratificó su compromiso de cooperar con las autoridades estadounidenses. Aceptó recibir deportados de origen asiático, africano y de Oriente Medio.

Flujo de migrantes

Desde 1980 a 2023, la población centroamericana en EEUU se multiplicó por más de 12, y desde 2010 creció un 42%. La migración, especialmente de salvadoreños, guatemaltecos, hondureños, nicaragüenses, cubanos, haitianos y venezolanos ha estado incentivada no sólo por razones económicas, sino también por conflictos armados (durante finales del siglo XX), la inseguridad en el norte de la región (sobre todo durante el siglo XXI) la crisis política que experimenta Nicaragua desde 2018 y la crisis humanitaria compleja de Venezuela desde 2017.

Desde mediados de 2024, el flujo de migrantes hacia EEUU ha perdido dinamismo, hecho que ha sido especialmente notorio en la migración irregular que parte o cruza por Centroamérica. Para poner algunos números en contexto, en 2023 se registró una cifra récord de personas atravesando la selva del Darién, en Panamá, con más de medio millón de migrantes, siendo en su mayoría venezolanos (más de 320,000).

También se registraron importantes flujos de nacionales de Ecuador, Haití, China, Vietnam, Afganistán y del continente africano. No obstante, el año pasado, la cifra se ubicó en torno a las 302,000 personas, según cálculos de la Organización Internacional de las Migraciones, OIM.

Esta reducción coincidió con el endurecimiento de las políticas migratorias por parte de Biden y más recientemente por Trump. Este último ha ejercido mayor presión sobre los países de tránsito para frenar la migración irregular, lo que se ha traducido en un accionar más activo por parte de autoridades como las panameñas o mexicanas, por ejemplo.

Como reflejo de la actual postura de Washington, 2025 con seguridad apunta a convertirse en un año de récords nefastos. Durante los primeros 200 días la administración Trump arrestó a más de 352,000 inmigrantes y deportó a 324,000. Estas políticas estarían contribuyendo a que, por primera vez desde los 60, la población migrante en EEUU se haya reducido, concretamente en alrededor de 1.4 millones, al haber pasado de 53.3 millones en enero a 51.9 millones en junio, según estimaciones del Centro de Investigación Pew.

Radiografía de la migración Venezolana

Países desarrollados requieren de la inmigración para contrarrestar los efectos de las bajas tasas de natalidad en sus economías. Téngase presente que muchas veces los migrantes aportan desde puestos de trabajo que no son cubiertos por locales. Sin dudas, en este punto la discusión no está saldada, y hará falta encontrar un nuevo enfoque que, satisfaciendo los requerimientos de seguridad, cumpla con las necesidades económicas de EE.UU.

Por otro lado, los incentivos que impulsan la emigración no han desaparecido, pese a las mayores dificultades del presente. En lo que respecta a Centroamérica, hoy por hoy enfrenta renovados retos que amenazan su gobernanza democrática y ponen en peligro su estabilidad. A ello podría sumarse la política proteccionista estadounidense que, con aranceles y presiones para repatriar la producción de bienes y servicios en el exterior, podrían agravar las carencias económicas en la región e impulsar la migración en masas. EE.UU. requiere gestionar cuidadosamente su política migratoria, comercial y exterior para evitar resultados contraproducentes.

A la par, los gobiernos de la región tienen la responsabilidad de ofrecer propuestas realistas a sus ciudadanos, para que estos puedan encontrar oportunidades en sus propias tierras y dejen de ser, como sucede en algunos casos, el más rentable producto de exportación de sus países, en virtud de las remesas desde EE.UU. Desde mediados de la década de 2010, se prefigura, crece y abarca la vida nacional un proceso denominado crisis humanitaria compleja.

Que es la agudización de la anomalías y contradicciones económicas, políticas y sociales en Venezuela, caracterizada por hiperinflación, escasez de alimentos y medicinas, colapso de servicios públicos, inseguridad, represión policial y sistemática violación de derechos humanos, devaluaciones, deterioro de las condiciones de vida, bajas expectativas de futuro, dentro de un ambiente de censura y hegemonía comunicacional que ha provocado una de las mayores crisis migratorias en la historia de América.

Esta emigración es mayormente forzada y caracterizada por la falta de asistencia estatal, llevando a muchos a tomar rutas peligrosas e irregulares. La mayoría ha sido acogida por países de América Latina y el Caribe (principalmente Colombia, Perú, Ecuador, Chile, Brasil), aunque también hay flujos importantes hacia Norteamérica y Europa. La plataforma de la Organización de Naciones Unidas, R4V, informa que 6.874.261 son los refugiados y migrantes de Venezuela en América Latina y el Caribe hasta el 31 de mayo de 2025.

OIM y ACNUR

Varias agencias y oenegés muestran estimados, registros y proyecciones sobre la cantidad de migrantes, refugiados y solicitantes de asilo. La Plataforma R4V, de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) junto con otros 200 gobiernos, instituciones, iglesias, fundaciones y centros de estudios pública por países los venezolanos y composición de los migrantes, refugiados y solicitantes de asilo.

En este contexto de diáspora, el retorno ha adquirido una dimensión humana y política. Muchos venezolanos que emigraron se encuentran con dificultades para integrarse en los países de acogida (xenofobia, precariedad, falta de oportunidades, barreras legales), lo que los llevan a considerar el retorno a Venezuela, a pesar de las condiciones adversas persistentes en el país.

Este retorno es a menudo repatriación forzada o deportación por las circunstancias y condiciones en el exterior. Las políticas sobre migrantes en América reflejan dinámicas complejas, impulsadas por factores económicos, políticos, electorales y sociales. Si bien los objetivos del norte o del sur pueden variar, generan efectos que afectan a millones de personas, a millones de inocentes, a millones que buscan construir una mejor vida.

Pedro Luis Ramírez
CNP 8.186