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En un mundo que se pierde en debates, la legión se une en Acies
Con esta consigna los legionarios de la ciudad de Cabimas como todos los años renovaron su fidelidad a este apostolado en el evento del Acies, afianzando una vez más el compromiso que tienen de mantenerse bajo la fuente de la salvación a Jesús a través de la Santísima Virgen María.
El acto fue oficiado por 5 sacerdotes legionarios de esta iglesia peregrina entre los que contaron los presbíteros Alexander Arias, administrador diocesano; Carlos Alberto Bracho de la parroquia Divina Misericordia de Puerto Escondido; Jorge Pérez Duno de la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria, Jorge Rincón director del colegio Juan XXlII y monseñor Francisco Gil de la iglesia Nuestra Señora del Valle.
»Tú no eres un cualquiera»
En palabras del presbítero Jorge Rincón, ninguno de los bautizados en la iglesia Católica es un «cualquiera» ya que se encuentran apartados bajo el manto protector de la Virgen María.
»Tu no eres un cualquiera, ninguno de los bautizados somos unos cualquiera, somos los apartados de Dios. Es necesario recuperar la identidad, es necesario volver a la fuente, volver a aquello que verdaderamente nos da identidad, aquello que repite en nosotros el antiguo testamento y el nuevo: Ser Santo».
Hizo referencia a las palabras que se pronuncian anualmente en el Acies: «soy todo tuyo, reina mía, madre mía y cuanto tengo, tuyo es». Explicó que para un legionario esta frase es de gran bendición y que no solo serían pronunciadas por los labios sino también por el corazón.
La verdad divide, pero también une
Alexander Arias, administrador diocesano, enfatizó que «la verdad divide pero también une. En un mundo que se pierde en debates, la legión se une en Acies. La división debilita la estructura de una organización. No podemos perder el tiempo en discusiones tontas porque se pierde el apostolado».
Arias recalcó que la legión con María está llamada a llevar la unidad. Un ejército en orden de batalla que no es contra la carne y la sangre sino contra el desánimo, el pecado y la indiferencia, donde se hace una promesa individual y colectiva consagrándose a una entrega absoluta con María.
»Ante la persecución el Señor nos invita a confiar. La mejor defensa de un legionario es el Señor. Cuando se nos cierran las puertas ante los lugares que se visitan, el cansancio de la junta semanal y el desánimo de a veces ser «pocos», la victoria nuestra es la resurrección a pesar de las puertas cerradas y la indiferencia de los demás. Ánimo, que la disciplina de los legionarios sea el fuego del amor ferviente y la Mayor victoria sea siempre la humildad».
Texto y fotos: Maxibel Betancourt Rivero / Cortesía